Durante la cuarentena pensé mucho en mis niños y niñas (sí, míos/as), en cómo les estaría afectando eso.
Me gustaba sentirles aunque nos separasen pantallas. Me gustaba ver cómo, a pesar de la distancia, se ayudaban entre ellos, se valoraban. Me gustaba pensar que los que de por sí eran buenos amigos, cuando volvieran a verse convertirían esa amistad en algo eterno, como lo que tengo yo. Me gustaba imaginar que los que no se llevaban tan bien, se verían con otros ojos porque incluso entre ellos se han extrañado, sin necesidad de ser amigos, claro. Me gustaba pensar que habían aprendido a dar valor a aquello que para ellos no lo tenía o que no habían descubierto. No quería verlo como que habían madurado de repente, no, eso no, ¡por favor!, sino que habían desarrollado una sensibilidad extraordinaria ante las cosas y momentos que aparentemente no son importantes. Reconozco que para mí era una situación súper estresante, pero pensaba en los súper abrazos y en los súper «buenos días» cuando nos volviéramos a ver y ¡me recargaba!
Me gustaba sentirles aunque nos separasen pantallas. Me gustaba ver cómo, a pesar de la distancia, se ayudaban entre ellos, se valoraban. Me gustaba pensar que los que de por sí eran buenos amigos, cuando volvieran a verse convertirían esa amistad en algo eterno, como lo que tengo yo. Me gustaba imaginar que los que no se llevaban tan bien, se verían con otros ojos porque incluso entre ellos se han extrañado, sin necesidad de ser amigos, claro. Me gustaba pensar que habían aprendido a dar valor a aquello que para ellos no lo tenía o que no habían descubierto. No quería verlo como que habían madurado de repente, no, eso no, ¡por favor!, sino que habían desarrollado una sensibilidad extraordinaria ante las cosas y momentos que aparentemente no son importantes. Reconozco que para mí era una situación súper estresante, pero pensaba en los súper abrazos y en los súper «buenos días» cuando nos volviéramos a ver y ¡me recargaba!