Este pequeñín se fue de paseo y se encontró con un dragón... ¿Qué le habrá dicho? Solo sé que trató de darle una manzana...
(Lee la historia al final de la página)
Kevin y el Dragón
Érase una vez un hombrecito llamado Kevin al que le encantaba ir de senderismo. Kevin era bastante pequeño de altura y no se podía decir que era precisamente un hombre. Quien lo viese pensaría que era un duende porque, además de tener las orejas grandes, solía llevar un sombrero acabado en punta. Los vecinos de su pueblo creen que es para que se le vea más, por su baja estatura, pero a él es que, simplemente, le gusta. Y además de ser un regalo que le trajo su abuelo de Bélgica, le protege del sol en sus largas caminatas.
Hay dos cosas que tienes que saber de Kevin y sus caminatas: siempre se lleva un plátano por si le entra hambre por el camino y cada sendero que camina es más elevado que el anterior. Una especie de reto personal. El problema es que cada vez que emprende su recorrido y se adentra en los bosques y atraviesa las montañas, se encuentra con algún animal que lo acaba persiguiendo por el olor que desprende su plátano.
Una vez fue una ardilla.
— ¿Pero a las ardillas no les gustaban las bellotas? —pensó Kevin.
Y para que lo dejase tranquilo, le dio un trocito de plátano.
Otro día fue un conejo el que lo siguió gran parte de su recorrido.
— ¿Pero a los conejos no les gustaban las zanahorias? —pensó Kevin.
Y le dio otro trocito de plátano.
Otro día le persiguió una serpiente.
— ¿Será que quiere comerme a mí?
Y como tenía mucho miedo y no quería arriesgarse, le lanzó la mitad de su plátano. Funcionó.
Otro día en el que ya empezaba a notar la elevación de la ruta, le siguió un ciervo.
— ¿Pero los ciervos no comen hojas?
Y como era bastante grande, también le lanzó medio plátano.
Otro día, subiendo aún más que en la ruta anterior, le empezó a seguir un águila desde lo alto.
— ¿Querrá comerme? ¿Podrá con mi peso?
Para quitarse la duda, esta vez lanzó el plátano entero. El águila lo cogió en el aire y se fue.
Al día siguiente, Kevin ya estaba cansado de no poder disfrutar de su snack y de temer por su vida según qué animal se le acercase. Entonces, decidió llevarse una manzana.
Cuál fue su sorpresa al notar que, tras pasar un buen rato caminando, ningún animal le seguía. Caminó y caminó y seguía sin ver animales a su alrededor, así que Kevin siguió su camino contento. Subiendo y subiendo.
Dos horas después, tropezó con una ardilla. Esta lo olió y se echó a correr.
— Qué raro —se extrañó Kevin.
A pocos metros de ese suceso notó que un conejo se asustaba al verlo y huía en dirección contraria.
Un rato después vio un pájaro viejo en una rama. Tan viejo que no podía volar.
— Hola, señor pájaro. ¿Qué ocurre? ¿Por qué los animales ahora huyen de mí? ¿Será que solo les interesaba por mis plátanos? —preguntó Kevin.
— No, querido amigo. ¿No sabes que a los dragones les encantan las manzanas? —dijo el pájaro.
— ¿Qué? ¿Existen los dragones? ¿Hay en estas montañas? —siguió preguntando Kevin. Entre aliviado porque los animales no huían de él y preocupado por la posible presencia de dragones.
— Eres tan aventurero que has llegado hasta aquí. ¿No crees que podrías seguir caminando y averiguarlo tú mismo? —dijo el pájaro mientras se metía en el agujero del árbol.
Kevin no estaba muy convencido con esa idea. Si los animales huían, sería por algo, ¿no? Pero como siempre se ha considerado muy cabezota, decidió seguir.
Cuando ya pasó una hora, se dio cuenta de que había llegado a lo más alto de esas montañas. Aliviado y orgulloso, disfrutó de las vistas despejadas y recorrió las siluetas de las otras montañas con la mirada. Giró y giró la cabeza hasta que una le resultó extraña. Nunca había visto una montaña con esa forma ni con ese color.
— Un momento…—dijo pensativo Kevin mientras entrecerraba los ojos.
— ¡Hola! —dijo la supuesta montaña mientras se acercaba.
— ¡El dragón! —gritó Kevin mientras se caía hacia atrás.
— ¡Tranquilo! No voy a comerte. No como carne. Pero me ha atraído el olor de algo que llevas contigo. No será una manzana, ¿verdad?
— Sí… Es una manzana… ¿La quieres? —dijo Kevin temblando.
— Sí, por favor. Hace mucho tiempo que no como manzanas y me encantan. Si quieres, como agradecimiento te puedo acercar al inicio de la ruta para que puedas llegar antes a casa.
Kevin lo pensó un poco y como el dragón parecía sincero, aceptó. Le dio la manzana y se subió a la cabeza para agarrarse a uno de los cuernos. Una vez seguro, emprendieron el camino de vuelta. Como era un largo recorrido, fueron hablando y conociéndose. Kevin se fue relajando y se dio cuenta de que el dragón era en realidad un ser muy simpático e interesante.
Y fue así cómo surgió una bonita amistad.
Desde ese día, Kevin decidió hacer el mismo recorrido cada vez que fuera de caminata para poder encontrarse de nuevo con su amigo el dragón. Pero llevando dos manzanas.
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